Historia

Fueros de la Villa (1124):

– Escrito original ( Fueros Medinaceli )

– Traducción ( FuerosTraduccion )

Arco Romano

Arco Romano de Medinaceli ( ArcoRomano2). J. M. Abascal y G. Alföldy. Real Academia de la Historia. Universidad de Alicante. 2002.

El interés por el arco de Medinaceli no es un fenómeno reciente ni fruto exclusivo de consideraciones eruditas. Colgado sobre el valle del Jalón desde hace casi dos mil años, a sus pies y bajo su arco transitaron los habitantes de la antigua ciudad romana y más tarde lo harían mercaderes, soldados, poetas y viajeros de toda condición, a los que el monumento deslumbró por su majestuosidad como centinela de la entrada a la ciudad; aún hoy su imagen sigue siendo referencia en la señalización de las carreteras españolas para indicar la presencia de un «Monumento Histórico-Artístico».
El arco romano de Medinaceli se encuentra en la parte meridional de la ciudad cerca de su extremo suroriental. La orientación de su eje mayor de oeste a este se corresponde con el trazado de la muralla en esta zona, de lo que ya se puede deducir que el arco formaba parte de la fortificación urbana.
Esto explica también que los dos lados estrechos del arco, cuya altura debía ser algo más del doble que la de la muralla, sólo estuvieran decorados con pilastras y capiteles en su parte superior. La altura de la parte inferior no decorada, que no corresponde exactamente a la mitad de la altura total del arco, debía coincidir con la envergadura de la muralla de la fortificación y debió quedar oculta por ella.
El arco está hecho con sillares de distintas dimensiones de piedra arenisca, dispuestos en seco y colocados casi todos a soga, aunque existen algunos a tizón. Su altura está entre uno y dos pies, y su longitud entre dos y tres veces su altura, aunque no es algo que se repita estrictamente; las caras laterales son más regulares, pues alternan hiladas de dos y tres sillares. De todo ello se deduce que el conjunto está construido mediante sendos paramentos externos de un sillar y un espacio intermedio equivalente a otro, que debía estar relleno, seguramente de hormigón; en algunos lugares se observa cómo los sillares dispuestos a tizón atraviesan por completo el edificio, actuando a modo de tirantes que trababan con el relleno. Los elementos ornamentales se encuentran labrados en los propios sillares. El elemento sustentante son dos pilas que descansan en un zócalo cuya parte superior debía marcar la línea de paso, al menos para las puertas pequeñas. En el pavimento de éstas parece que se conserva algún sillar original. No ocurre lo mismo, sin embargo, con la zona de paso del vano central, por el que podría discurrir un hipotético camino, aunque la topografía del terreno no permita un acceso fácil; su cota debió ser la misma que la de las puertas laterales o, en todo caso, a juzgar por lo que ocurre en arcos similares, un poco más baja. De cualquier modo, la erosión y las sucesivas obras de reforma realizadas en este paso han modificado sustancialmente su aspecto. El conjunto se asienta sobre un basamento de sillería, hoy oculto, realizado de forma independiente para cada uno de los pilares; en el oriental, donde la roca estaba a mayor profundidad, el basamento se hacía escalonado, con el fin de aumentar la superficie de asiento a medida que el suelo natural bajaba. Esta estructura subterránea entroncaba directamente con la cimentación de la muralla de la que formaba parte el arco, según pudo verse en las excavaciones de 1991.
En la Edad Media y a comienzos de la época moderna, el arco formó parte de la estructura defensiva de la ciudad de entonces. Así se desprende de los relatos de viajes de los siglos XV a XVIII que comienzan con el de León de Rosmithal, personaje que visitó Medinaceli probablemente en 1466. Conocemos varios relatos más de antiguos viajeros que sólo describen brevemente la ciudad y que no se refieren al arco; la explicación de esta omisión hay que buscarla en el hecho de que ellos, como otros autores antiguos, vieron el arco como una parte de la fortificación muraria de la ciudad de entonces y no como un elemento exento. Una breve aunque excelente referencia al arco se encuentra en el relato de Antonio Ponz (1725-1792), que indica claramente que el monumento era entonces la puerta de entrada a la ciudad.
Durante las excavaciones llevadas a cabo por María Mariné en el lado oriental del monumento en 1981 no pudo confirmarse aún la pertenencia del arco a la muralla de la ciudad; en las prospecciones y sondeos llevados a cabo entonces en el basamento se recuperaron materiales tanto antiguos como modernos, pero no pudo encontrarse ninguna evidencia de la muralla. En julio de 1991, nuevos trabajos de M.J. Borobio, A.C. Pascual y F. Morales determinaron el hallazgo de un ángulo de la muralla a unos 10/12 metros al este del arco, aunque tampoco entonces se pudo documentar una construcción anterior a la época medieval, momento en que pudo servir de puerta de acceso a la ciudad como suponen los autores de la prospección. Sin embargo, con motivo de las excavaciones llevadas a cabo en septiembre de 1991 por el equipo de O. L. Arellano, R. Barrio, M. Lerín, A. Ruiz de Marco y M.J. Tarancón, se pudo comprobar que la muralla continuaba hasta alcanzar el arco, que su fábrica era al menos de época romana y que estaba unida a un podio escalonado que sostenía el arco. En resumidas cuentas, el arco formó parte del perímetro defensivo de la ciudad romana y fue construido al mismo tiempo que aquél.
El arco está construido con bloques de arenisca porosa de color amarillento-rojizo y de longitud desigual, que oscilan entre los 30 y los 40 cm de altura. La única excepción es el bloque C 3 en el lado meridional del ático, labrado en una piedra caliza grisácea muy porosa. La elección de esta piedra de distinto color probablemente se hizo para que el bloque llamara la atención de los transeúntes desde el suelo, de forma que fijaran la vista en este punto del arco, justamente donde comienza la inscripción del lado meridional.
La construcción está apoyada a los dos lados del gran vano central sobre una amplia cimentación que, al mismo tiempo, sirve de pavimento a los dos vanos menores de ambos extremos. A media altura bajo el ático una imposta recorre los cuatro lados del arco y se prolonga en las caras interiores del vano central de paso, cuyo arco semicircular arranca de este nivel. Sobre dicha imposta, en las dos fachadas del arco y tanto a la izquierda como a la derecha del vano central, apoya un relieve figurado de escasa profundidad flanqueado por pilastras en ambas caras, que en su parte superior presenta una hornacina provista de tímpano y en la inferior una superficie lisa, al menos en su estado de conservación actual. En las esquinas en que se unen las fachadas y los lados cortos del arco aparecen las correspondientes pilastras, que forman los ángulos del monumento y que están decoradas con acanaladuras en los dos lados. Estas pilastras, constituidas por esta serie de acanaladuras coronada con un capitel corintio, son tan altas como los nichos con su tímpano y como la parte superior del vano central. Este último está coronado por un arco, cuyo borde inferior está decorado con una cornisa.
El ático del arco arranca de una imposta que recorre las cuatro caras del monumento. En su parte inferior está limitado por una cornisa saliente, que tiene una forma similar a la de la cornisa situada entre los vanos laterales y los nichos. Este ático está formado en las cuatro caras del monumento por dos líneas de sillería superpuestas. La inscripción fue escrita en dos renglones en los lados mayores del arco, sobre las dos filas de sillería, y está centrada sobre ambas de forma proporcionada. Fue construida con letras de bronce, ancladas en los bloques de piedra con clavijas. Las huellas de las perforaciones aún son fácilmente visibles. El coronamiento del ático se compone de cuatro elementos. En la segunda y última de sus cuatro partes, que originalmente era más saliente que los elementos de más abajo, figura una decoración dentada. Las dos series de placas que coronaban el arco, gruesas y de superficie lisa, con sus bordes decorados por esta cornisa, estuvieron unidas en época romana con grapas metálicas. La longitud del arco, sin contar los dos zócalos, alcanza los 13,20 m; su altura es de 8,10 m y su anchura de 2,10 m. En medidas romanas, estas dimensiones corresponden a unos 44, 27 y 7 pedes respectivamente.
El arco, que se encuentra expuesto al clima riguroso de estas regiones tan altas de Castilla, ha sufrido mucho durante su dilatada existencia. Ha sido restaurado en diversas ocasiones, sin que tengamos motivos para suponer que algunas piezas de la construcción conservadas hasta hoy hayan sido removidas de su emplazamiento original. En los trabajos de restauración llevados a cabo en 1932 fue sustituida la escalera que permitía acceder al arco desde el lado meridional. En los años 1958-1959 fueron destapados los vanos laterales que habían permanecido hasta entonces cegados con ladrillos, y se colocaron gruesas placas de piedra en algunos lugares deteriorados del arco (en el lado meridional del ático, el más expuesto a los rigores del clima, pudimos observar en el año 2000, especialmente en la línea inferior de sillares, que tampoco dio buenos resultados este nuevo procedimiento). En el año 1981, tras la excavación de los cimientos del arco por parte de María Mariné, se llevaron a cabo nuevos trabajos de restauración. Se retiró la escalera del lado meridional, fueron reintegradas las piedras desprendidas de los dos zócalos, se limpiaron todas las partes del arco, se llenaron con cemento las juntas de los sillares y se sellaron con resina las roturas de las piedras. Al mismo tiempo, se realizó una fotogrametría del arco.
A la luz de los datos disponibles, según los cuales el arco fue realmente la puerta de la muralla que rodeaba la ciudad romana de Medinaceli, debe orillarse cualquier especulación sobre la posibilidad de que fuera un monumento aislado que sirviera de frontera entre el conventus Cluniensis y el conventus
Caesaraugustanus. Incluso conviene descartar la propuesta planteada por L.A. Curchin para reconstruir la inscripción del lado septentrional del arco con este sentido. La ciudad ejercía su dominio sobre un territorio que, en aras de una homogeneidad administrativa, con seguridad no formó parte de dos conventus iuridici, sino que estaba dentro del ámbito jurisdiccional de uno sólo. Este territorio no pudo tener como límite una puerta urbana, sino que la rebasaba y abarcaba una superficie mayor. Con nuestros datos actuales no se puede decidir definitivamente si la ciudad de Medinaceli con su territorio pertenecía al conventus Cluniensis o al conventus Caesaraugustanus. Arcobriga, la ciudad más próxima por la parte oriental a Medinaceli, pertenecía al conventus Caesaraugustanus; según todas las apariencias, la cercana ciudad de Segontia por el suroeste estaba adscrita con mucha probabilidad al conventus Cluniensis, mientras Complutum, la otra ciudad situada al suroeste, formaba parte del conventus Caesaraugustanus. Es perfectamente posible que la ciudad romana de Medinaceli fuera la última ciudad del conventus Cluniensis en dirección hacia Arcobriga. Hacia 1500, Medinaceli era precisamente la ciudad que hacía las veces de frontera entre Castilla y Aragón. La existencia de tal frontera en estas tierras indica, probablemente, que precisamente por aquí debía encontrarse el antiguo límite entre los dos conventus iuridici romanos, fosilizado como frontera histórica quince siglos después.
Pese a todo lo dicho, esto no quiere decir que el arco de Medinaceli, como otras puertas de recintos urbanos, fuera esencialmente un elemento de paso, dotado de un gran vano central para la circulación de carruajes y de otros dos pequeños vanos para el tránsito peatonal. Por el lado meridional del arco pasa hoy la carretera que sube desde el emplazamiento más moderno de Medinaceli, situado en el valle del Jalón, hasta el centro antiguo; la parte de esta carretera situada delante del arco se encuentra justamente donde comienza la escarpada pendiente que cae hacia el valle. En el estado actual del monumento, no se puede pasar desde la carretera a los dos vanos laterales del arco, y el vano central sólo se alcanza mediante peldaños irregulares en la roca. Dado que a unos 200 m al oeste del arco existe una entrada apropiada para el paso de carruajes a la ciudad, podemos suponer que en época romana a lo sumo algunos peatones pasarían bajo el monumento.
La función principal del arco fue, evidentemente, difundir una imagen de poder y de prestigio, una función que tuvieron también otras puertas urbanas de ciudades romanas. Al igual que ocurre hoy, en época romana el arco sería visible a larga distancia como un monumento que sobresalía de la muralla; atraería la mirada no sólo de aquéllos que subieran a la ciudad desde el profundo valle, sino de quienes transitaran por el camino de ese mismo valle del Jalón, es decir, de quienes pasaran delante de Medinaceli por una de las vías más importantes de la Hispania romana. Visto desde allí, el arco constituye aún hoy un monumento que domina su entorno; en la perspectiva de la época romana debió ser no sólo la expresión del esplendor de la ciudad de Medinaceli, sino incluso la manifestación del poder de Roma. Por debajo de su vano central, y al igual que ocurre hoy desde la calle contigua, no sólo se puede contemplar el valle, sino que se dispone de una impresionante vista de la amplia meseta situada más allá y a la misma cota que la ciudad, con su amplio y lejano horizonte. Esta perspectiva visual no sólo produciría la impresión de que la ciudad dominaba un vasto territorio, sino que evocaría la idea de que el poder de los romanos, difundido por la grandiosidad de la obra y recordado por la inscripción, no tenía límites.
La cuestión principal en relación con la historia del arco es su datación. Está fuera de toda duda que no fue construido durante la República, sino durante el Principado; los criterios tomados en consideración hasta el momento para determinar la fecha de construcción del arco no permiten establecer una datación convincente.
Tan problemática es una datación del monumento con criterios de historia del arte, como la argumentación de que el triple arco de Medinaceli se asemeja al arco de Trajano en Thamugadi, y que por eso deba ser datado en época de Trajano o en todo caso en la primera mitad del siglo II d.C.; de hecho, disponemos de arcos de tres vanos tanto en fechas más antiguas como en épocas más tardías, tal y como muestran la puerta augustea de Fanum Fortunae (Fano) o el arco de Septimio Severo en Roma. Seguramente tienen más importancia las observaciones referentes al aspecto relativamente sencillo y alisado del arco, que debería ser indicio de una datación a comienzos del Principado. Sin embargo, se puede argumentar al respecto que el arco se encuentra en tan mal estado de conservación que no podemos hacernos una idea precisa de su decoración. Por ejemplo, es imposible determinar si los dos nichos coronados con tímpano, que se encuentran tanto en el lado septentrional como en el meridional, estuvieron o no originalmente decorados con relieves. En su estado original, con la decoración plástica de sus pilastras, capiteles y cornisas, el arco pudo tener un aspecto distinto y no producir una impresión tan «aplanada» como en la actualidad. Si imaginamos que los cuatro grandes nichos no estuvieran completamente vacíos, sino cubiertos con relieves o con decoración ornamental, los argumentos referentes al aspecto aplanado de las dos caras del arco perderían su consistencia. En resumidas cuentas, si intentamos datar el arco recurriendo a las evidencias actuales de su estructura arquitectónica, sólo se podría asegurar que fuera anterior a los arcos ricamente decorados del siglo II y de época severiana y, por ello, su datación a comienzos del Principado no sería inevitable.
Las excavaciones en la cimentación del arco han proporcionado nuevas evidencias sobre su datación. En la excavación de María Mariné sólo se descubrieron fragmentos cerámicos de época antigua, medieval y moderna relativamente revueltos, sin que se pudiera detectar una estratigrafía referente a la construcción del arco. Sin embargo, los trabajos llevados a cabo por los arqueólogos de la empresa Arquetipo S.C.L. en 1991 dieron como resultado el hallazgo de un fragmento cerámico perteneciente a la cimentación del arco y permitieron establecer que éste, así como la muralla, habían sido construidos a lo largo del siglo I d.C.
La inscripción del arco de Medinaceli pertenecía al grupo de las inscripciones monumentales que emplearon letras de bronce de superficie dorada, salvo en algunas inscripciones para pavimentos en las que las letras normalmente no estaban doradas. En nuestro caso, las letras desaparecieron como las de la mayoría de las inscripciones de este tipo que, generalmente, fueron desmontadas de su emplazamiento original bien ya en la antigüedad o bien en épocas posteriores, debido al interés que despertaban sus metales nobles. Como es sabido, estas inscripciones normalmente podían ser construidas de dos modos. La primera posibilidad, independientemente del grosor de las piezas empleadas, consistía en colocar en alveolos las letras de bronce previamente fundidas junto con sus clavijas en un molde, de modo que dentro de ellos las letras quedaban fijadas por estos pernos. Las inscripciones realizadas así son legibles incluso después de desaparecer las letras, pues los alveolos quedaban en la superficie a modo de negativo del texto. Los ejemplos mejor conocidos de esta técnica en Roma son las inscripciones del arco de Tito, la del Pantheon, la del arco de Severo y la del arco de Constantino. En Hispania habría que citar la inscripción del pavimento del foro de Sagunto, la inscripción similar recientemente descubierta en el pavimento del foro de Segobriga o la inscripción de la orchestra en el teatro de Italica.
La otra técnica permitía una ejecución más sencilla. En esta segunda modalidad, las letras no eran fundidas en un molde, sino cortadas de una placa delgada de bronce. No se incrustaban en alveolos, sino que se colocaban directamente sobre la superficie alisada de la piedra. En este procedimiento, la espiga se fabricaba por separado y podía soldarse a la parte trasera de la lámina que formaba la letra o era empleada con frecuencia a modo de clavo, como se hizo, por ejemplo, en el caso de las inscripciones del teatro de Augusta Emerita. En estos casos sólo es posible reconstruir el texto a partir de la distribución y forma de las aberturas o agujeros visibles en los que en su tiempo se insertaron las correspondientes espigas metálicas. En Roma son ejemplos conocidos de esta técnica la inscripción original del obelisco llevado allí desde Egipto y que se encuentra hoy delante de la basílica de San Pedro, o la inscripción de un arquitrabe del Coliseo contemporánea de la construcción del monumento; en Hispania, pertenecen a este grupo las inscripciones con el nombre y la titulatura de Agrippa del teatro de Augusta Emerita, la inscripción del acueducto de Segovia o la inscripción del mausoleo de L. Aemilius Lupus en Fabara (provincia de Zaragoza).
La técnica con la que fue realizada la inscripción del arco de Medinaceli corresponde a la segunda de las modalidades descritas. No existe en el ático del arco ninguna huella de alveolos ni siquiera en el lado septentrional, que presenta algunas zonas poco erosionadas en las que estas marcas deberían verse en caso de haber existido. En cambio, en muchos casos se reconocen claramente las huellas de agujeros correspondientes a los signos de la inscripción, que en ambas fachadas constituyen líneas casi continuas sobre la superficie de los sillares en las hiladas superiores del ático.
Por lo tanto, podemos concluir que la reconstrucción de la primera línea de texto de la fachada septentrional sería NVMINI•AVGVSTO•SACRVM. El significado de una dedicación votiva de este tipo aún tiene que ser discutido a fondo. Suponiendo, como suele aceptarse, que el nombre antiguo de la ciudad de Medinaceli fuera Ocilis, y proponiendo una forma verbal para la inscripción monumental del arco, la línea podía contener el siguiente texto: OCILITANI•ARCVM•EREXERVNT. De este modo, el texto de la primera línea del lado meridional, en su primera versión, debería ser NVMINI•IMP•DOMITIANI•AVG•GER. El cambio del número y de la distribución de los signos del texto, que permitió mantener la actualidad de la inscripción incluso tras la caída de Domiciano, puede resumirse de forma esquemática así: NVMINI•IMP•DOMITIANI•AVG•GER 28 signos
NVMINI•I M P • TRAIANI•AVG•GER 26 signos.
La reconstrucción de la segunda línea de esta fachada continúa siendo una cuestión abierta. La longitud del renglón y las oquedades existentes incluso podrían permitir reconstruir este texto en la forma OCILITANI•ARCVM•EREXERVNT
En resumen: Lado septentrional: Numini Augusto sacru[m]. Lado meridional: Numini Imp(eratoris) Domitiani Aug(usti) Ger(manici). Texto del lado meridional modificado en el año 98: Numini Imp(eratoris) Traiani Aug(usti) Ger(manici)
Para concluir, se podría decir que el arco de Medinaceli constituye un monumento impresionante no sólo gracias a su emplazamiento excepcional, sino también a su inscripción. Es verdad que el texto no coincide con el formulario común de puertas y arcos romanos; sin embargo, su estructura, sus elementos individuales y su sentido no sólo no entran en contradicción con las inscripciones de otros arcos, sino que el mensaje central del epígrafe se encuentra en clara consonancia con ellas. El contenido del texto es el apropiado para un mensaje de este tipo, que pregonaban también el empleo de litterae aureae, las dimensiones del monumento, su emplazamiento como puerta representativa de una ciudad y su posición en el paisaje como símbolo de poder.
En resumidas cuentas, parece que se ha logrado encontrar una solución coherente y probable para interpretar el arco de Medinaceli. Sin embargo las críticas fundadas sobre la reconstrucción del texto y su discusión serán bienvenidas. Pero cualquier nueva perspectiva sólo tendrá sentido si se tiene en cuenta la completa documentación mostrada por primera vez aquí sobre las huellas existentes de la inscripción.
CONCLUSIÓN
Podríamos decir, en síntesis, que se trata de un arco sencillo, de diseño antiguo, e incluso arcaizante, aunque diseños de este tipo se continúan repitiendo hasta el Bajo Imperio en buena parte del orbe romano. Desde el punto de vista tipológico parece el eslabón perdido entre los arcos de uno y de tres vanos, pero como la tipología dista mucho de ser una ciencia exacta, esta observación hay que tomarla como algo meramente episódico. Es un monumento atípico dentro de los esquemas que tradicionalmente se han manejado para los arcos romanos. Tiene tres vanos, pero presenta soluciones arquitectónicas que lo alejan de sus congéneres y lo aproximan a los de uno sólo, y en concreto a algunos de los más simples, puertas de ciudad o de recintos urbanos de diferente tipo y cronología.
Debió ser un encargo de los rectores de un núcleo urbano que a finales del siglo I d.C., en un momento de intensa renovación edilicia, quiso engalanar su perímetro con una puerta en el sitio que más impacto podía causar, aunque ello obligara a construir una falsa puerta, más ornamental que efectiva. El hecho de que la tipología constructiva se aproxime a la de las puertas de ciudad, más que a los grandes arcos honorarios de todos conocidos, así parece indicarlo. Pero además este encargo tuvo que realizarse a alguien en concreto, a un architectus cuya formación se refleja en el propio edificio. Una formación que parece la de alguien versado más en el diseño de monumentos funerarios turriformes para las tumbas de los romanos ricos que en el de arcos honorarios tal y como solemos entenderlos.

Historia

Transcripción del libro “Por Tierras de Soria, La Rioja y Guadalajara (Rutas de Almanzor, Mío Cid, Jalón, Duguesclin, Alvargonzález y Río Lobos) de Ángel Almazán
de Gracia, el capítulo en el que se describe históricamente Medinaceli.
SU ORIGEN
Cerca de la Autovía de Aragón, y en torno a la antigua N-II, se encuentra Medinaceli-
Estación, con todo un complejo hotelero para el viajero de paso, fundamentalmente.
Desde aquí se asciende a la meseta del cerro septentrional, donde se encuentra la
villa histórica, coronando la Cuesta del Reventón por la que pasa una antigua calzada.
En la cima plana de esa mota se encuentra Medinaceli, llamada Medina por sus vecinos
más bohemios, pues la bohemia es inherente a la actual villa ducal, plagada de pintores,
tallistas, galerías de arte por doquier y aires de libertad para sus vecinos europeos,
americanos y españoles. Como vigía está el arco romano.
Como acontece con Calatañazor, Medinaceli tiene un origen celtibérico en un cerro
inmediato que, una vez conquistado por Roma, iría perdiendo entidad a favor del núcleo
urbano que poco a poco fue consolidándose enfrente.
Hasta la guerra civil española de este siglo aún se podían apreciar numerosos restos
arquitectónicos en la denominada Villa Vieja, sita encima de la ermita del Humilladero
y de esa fuente de agua potable que habrás visto, estimado viajero, si has subido por la
serpenteante carretera desde Medinaceli-Estación. Por motivos estratégicos se hicieron
volar aquellas ruinas, aunque algo perdura aún de su doble recinto fortificado. Allí
estuvo asentada Occilis, Occile u Occelum, y hasta es posible que también fuera la, por
otros llamada, Arxocile, Mediolum, Cortona y Coelum, retrotrayéndonos hasta el 950 a
C.
En el año 153 a.C. Roma inició la conquista del Valle del Jalón tomando Occilis y al
año siguiente el cónsul Claudio Marcelo, fundador de Córdoba, instala su campamento
en lo que ahora es solar de Medinaceli y no en la Villa Vieja, convirtiéndose desde
entonces en un núcleo vital estratégico durante la romanización, como igualmente lo
sería en la etapa árabe, reconquista posterior y pugnas entre Aragón y Castilla, por ser
punto de entrada a la meseta castellana y al Valle del Ebro, permitiendo enlazar
igualmente con el centro peninsular a través del Valle o Corredor de Henares, y buena
prueba de ello lo demuestran hoy día la vía ferroviaria y la Autovía de Aragón.

ETAPA ÁRABE
Tarik conquistaría Occilis poco después de tomar Toledo. En el año 946 el califato
reconstruiría las murallas y el enclave pasaría a ser capital de Al-Musata la Tierra o
Frontera del Medio a cuyo frente estuvo 35 años Galib, hasta que enemistado y
derrotado por su yerno Almanzor, éste le reemplazaría como alcaide y generalísimo. Es
precisamente en este período de finales del s. X cuando la Crónica del Moro Rasis
testimonia que Medinaceli era “mui fuerte villa et mui buena et mui viciosa et mui
fermossa; et yaze en una tierra et en un logar muy sabroso para el cuerpo del omen”.
Parte del actual entramado urbanístico proviene de su época árabe: callejuelas,
pasadizos, red de recogida y distribución de aguas (hay aljibes y pozos judíos y
cristianos también, los primeros rupestres y los segundos abovedados). De su alcazaba
(desde el Campillo del Castillo a la Villa Vieja) quedan las caballerizas subterráneas,
no visitables por el público. En 1274 el medinense Salum Abn Ali Husam Ibn Ahmad
Ibn Mas el-Salami escribió un importante opúsculo sobre el astrolabio universal (está en
El Escorial); además, como su hijo tras él, fue jefe de los calculadores de la hora en la
mezquita de Granada. Hay que reseñar también que, en 1459, todavía se escribían aquí
testamentos moriscos en árabe.

ALMANZOR
Abu Amir Muhammad ibn Abi Amir, al-Mansur. Torrox ? 938 – Medinaceli 1002, Hayib de Córdoba (978-1002).
 Descendiente de una familia árabe del Yemen, establecida en la región de Algeciras desde la conquista musulmana de la península ibérica, durante el califato de al-Hakam II ocupó importantes cargos administrativos, como los de director de la ceca (967) o intendente del ejército del general Galib (972).
 En el 976, la prematura muerte de al-Hakam II situó al frente del califato de Córdoba a Hisam II, un niño de tan solo 11 años, circunstancia que aprovechó Almanzor, hombre decidido y ambicioso, para hacerse con las riendas del poder.
 Dos años más tarde, en el 978, y tras haber convertido a Hisam II en una marioneta política, y postergado a personajes tan influyentes como al-Mushafí y Galib, Almanzor se hizo nombrar hayib, una especie de mayordomo de palacio o primer ministro, dignidad que le permitió ejercer una autoridad absoluta sobre todo el territorio hispanomusulmán.
 Su primera decisión fue expulsar del ejército califal a la mayor parte de mercenarios eslavos, los cuales con el paso del tiempo, habían llegado a constituir una verdadera casta de privilegiados en la corte cordobesa, y sustituirlos por unos 20.000 beréberes reclutados por él mismo en el norte de África, medida que le proporcionó una enorme popularidad. Así mismo emprendió una profunda reestructuración de sus tropas, con el propósito de acabar con la organización tribal de éstas.
 Dotado de una personalidad carismática y de un gran talento militar, entre los años 977 y 1002 llevó a cabo un total de 56 campañas en tierras cristianas sin conocer la derrota, razón por la cual recibió el sobrenombre de al-Mansur (el Victorioso), con el que pasaría a la historia. De hecho, se trataba de incursiones rápidas y devastadoras, realizadas durante los meses de primavera y verano, que tenían por objeto sembrar el terror entre los habitantes de los reinos cristianos del norte peninsular. Así, por ejemplo, asoló Salamanca (977), venció a los ejércitos coligados de Ramiro III de León, García Fernández de Castilla y Sancho II de Navarra en las batallas de Gormaz, Langa y Estercuel (977) y en la de Rueda (978), saqueó Barcelona (985), arrasó Coimbra, León y Zamora (987 y 988), asaltó Osma (990) y castigó Astorga (997).
 La gesta más memorable del caudillo árabe se produjo, sin embargo, el 11 de agosto del 997, cuando destruyó Santiago de Compostela (sólo respetó el sepulcro del apóstol) y obligó a los cautivos cristianos a trasladar a hombros las campanas de la catedral y las puertas de la ciudad hasta Córdoba.
Sabemos que Almanzor falleció a los 65 años, el 9 de agosto de 1.002 y, según la Historia legionensis: «Fue arrebatado en Medinaceli, ciudad  importante, por el demonio que le había poseído en vida y fue sepultado  en el  infierno». La propaganda política de la época, posiblemente, no  podía permitirse que quien había sido el azote del cristianismo muriera  viejo, invicto y tranquilamente en su cama. Debía crearse una épica para fortalecer los ánimos de los combatientes en la zona fronteriza y que la muerte de  Al- Mansur fuera debida a las heridas sufridas en la batalla de Calatañazor donde, según el dicho popular, Almanzor perdió su tambor. A partir de ese momento empezará a declinar el esplendor del Califato de Córdoba. El creador de esta falsa historia parece ser el obispo Lucas de Tuy, el Tudense, que dos siglos después, en 1.236, en su Chronicon Mundi  escribió: «En Calatañazor perdió Almanzor el atambor, que quiere decir su  alegría. Viniendo a él todos los bárbaros de Córdoba… Mas  Almanzor, desde ese día que fue vencido, nunca quiso comer ni beber y llegando a la ciudad de Medinaceli murió”. Sin embargo la historia ha desmentido esta versión mantenida durante casi 10 siglos. El Tudense enlaza la batalla de Calatañazor con el regreso hacia la capital del Califato tras saquear Santiago, lo que implica un desfase de 5 años entre los dos hechos y por lo tanto elimina toda posibilidad de continuidad. El anacronismo de los hechos también está en los nombres de los Reyes o nobles que cita al frente de la batalla de Calatañazor, ya que los tres  habían fallecido en 1002, cuando se disputó la contienda.
En realidad hasta el siglo XII se desconocía el topónimo Calatañazor y sobre la batalla no había ninguna referencia. El arabista Rheinard Dozy (1820-1883) fue el primero en desmontar las versiones de El Tudense, también compartidas por Rodrigo Jiménez de Rada, argumentando que para el cristianismo era inadmisible que Almanzor profanara el sepulcro del apóstol Santiago, se llevara las campanas del templo y no sufriera ningún castigo divino. La propaganda político-religiosa funcionó de maravilla.
Menéndez Pidal vinculó el mito de Calatañazor con la batalla de Cervera, donde las tropas cristianas dirigidas por el conde de Castilla en julio del año 1.000 estuvieron a punto de derrotar a las tropas árabes, según el relato del historiador árabe Ibn al-Jatib. Sancho García había formado un gran ejército al que se sumaron los señores vascones y leoneses. En el macizo montañoso de Peña Cervera, a 1.415 metros de altitud, las tropas cristianas estaban protegidas por la naturaleza y ejercieron una fuerte presión sobre las dos alas del ejército del Califato, que se vio impotente para frenar la presión de sus rivales. Cuando la derrota era evidente, Almanzor ordenó a su ejército replegarse hacia una colina próxima y los generales cristianos interpretaron el movimiento como la llegada de fuerzas de reserva y empezaron a desplegarse desordenadamente, de manera que la batalla cambió totalmente de signo. Dada la proximidad del escenario de esta contienda con Calatañazor (60 kilómetros) y que se tratara de la única ocasión donde Almanzor estuvo a punto  de perder, la leyenda caló en la historia.
La última razzia del Amirí fue dirigida hacia el monasterio de San Millán de la Cogolla, cuna de las lenguas castellana y euskera. Almanzor ya estaba enfermo, pero eso no le impidió sumar una nueva victoria. Saqueó el monasterio y, consciente de su estado de salud, se retiró hacia Medinaceli, donde falleció y fue enterrado 14 días después.

TOPONIMIA, BERNAL DE BEARNE Y DUCADO
Tras períodos diversos de conquista y reconquista de Medinaceli por parte de moros
y cristianos, la Madina Salim que fundara Salim ibn Waramal durante el emirato de
Mamad (852-886), sería definitivamente territorio de la cristiandad al ser tomada por
Alfonso I el Batallador en el año 1123 (antes la había poseído y repoblado Alfonso VI
entre 1104-1108 a través de Gonzalo Núñez de Lara).
De 1124 consta documentalmente que su nombre era Medina Celim, topónimo que
persistía en 1528, aunque también se lee el nombre de Medina eli en el siglo XV, de la
misma forma que el historiador tunecino Ibn Jaldûn la había llamado Medina Salem.
Así que si te dicen, estimado lector, que Medinaceli es la Ciudad del Cielo, sonreirás
conmigo y recordará que fue Salim su repoblador y fundador tras la desolación que
Tarik dejó tras de sí en su búsqueda afanosa de la Mesa de Salomón.
De 1135 hay documento que nos hace saber que era tenente de “Medinam et
Atenzam” (Medinaceli y Atienza) el conde Roderico Martínez. El segundo señor de
Medinaceli conocido fue Pedro Núñez de Fuentearmegil, en 1140, que era merino de
Atienza un año antes y que ha pasado a la historia como el salvador del rey niño
Alfonso VIII y por el gesto de honor y nobleza que comentara don Juan Manuel en su
obra El Conde Lucanor o Libro de Patronio.
En 1370 un nuevo rumbo adoptaría Medinaceli al ser otorgado su señoría como
condado por Enrique de Trastamara, el de las Mercedes, al caballero francés Bernal de
Bearne, hijo bastardo de Gastón Febo de Foie-Bearne que era conde de esta zona del
Languedoc y cuyo castillo en Foie fue refugio de astrólogos, trovadores del Gay Saber,
alquimistas y ocultistas varios.
Bernal de Bearne fue uno de los capitanes que se trajo de Francia Bertrán
Duguesclin, responsable de las Compañías Blancas en las que se incorporaron diversos
trovadores, neotemplarios y cátaros, que posibilitarían la victoria de Enrique de
Trastamara sobre Pedro I el Cruel. En 1368 Enrique II otorgaría a Bernal de Bearne el
señorío de Medinaceli como condado y se casaría con Isabel de la Cerda, del linaje
bastardo de Alfonso X el Sabio, apellido que el linaje franco-hispano de Bernal de
Bearne adoptaría.
El quinto conde, Luis de la Cerda y de la Vega, será a su vez el primer duque de
Medinaceli, iniciando así un Ducado, otorgado por los Reyes Católicos en 1479, que
fue uno de los más grandes de España, y hasta mediados del siglo XIX existió en
Medinaceli un tribunal o consejo ducal desde el que se gobernaba sus extensas
posesiones en las actuales provincias de Soria y Guadalajara. Patrimonio que, en lo que
respecta a Soria, terminaron de vender en la década de 1960, quedándoles hoy tan sólo
65 Has. de las 10.000 que tenía la Casa Ducal y que corresponden a los terrenos baldíos
en Villavieja, donde estuvo asentado Occilis. También sigue siendo de su propiedad el
palacio ducal.